25 de Noviembre, 2007
Antonio Abdo, islas canarias, españa
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MI ABUELO DE AKKAR / Selección
Lejos de tus hijos, la presencia de la esposa
llenó tu soledad.
Era el nieto para ambos
la esperanza total de cada día;
veíais en sus pasos primerizos
una promesa de vida inacabable
y la razón para permanecer.
Por eso le dabais las auroras más hermosas,
la madurez del día
y las noches preñadas de leyendas.
Le dabais la palabra,
de tal manera suya
que ya habría de serlo para siempre.
Y es su voluntad que en la palabra
se reafirme vuestra sombra unánime.
De cómo mis abuelos me regalaron
una especial relación con la vida.
El olor a manzanas anunciaba el otoño
junto a las primerizas y nostálgicas lluvias
en aquel Tacoronte de los años cuarenta.
Era el dorado aroma que llegaba a la casa
y cubría de monte el piso de la alcoba
vacía ya de muebles para la bienvenida.
Mi abuelo de la mano en cada sobremesa
me llevaba a la puerta que abría cuidadoso
y me hacía pasar al dulce paraíso.
Quizá Adán no sintiera aquel profundo gozo
de poder elegir entre múltiples frutos
la reineta o francesa más madura y fragante.
Tal vez al recibirla de las manos de Eva
recibiera su sexo y el amor de la hembra
en la manzana única que todos heredamos.
Quizá en ella gustara de todos los placeres
prohibidos por Dios y encendiera su ira
que condenaba justa al bíblico destierro.
La manzana elegida, me volvía a la mesa
y esperaba paciente la desnudez radiante
para gustar entera su carne esplendorosa.
De cómo mi abuelo me hizo partícipe
de su gusto por las manzanas.
Era un acto de amor por la palabra
hacia Kathryn, la esposa enferma.
Sobre su cabeza, posada en la almohada,
tus manos con el abierto Evangelio,
leías los capítulos del apóstol
con la cadencia del idioma árabe.
Para mí era sólo música sagrada
que arrullaba mi presueño infantil
y acariciaba mis párpados cerrados.
El silencio de la abuela recogía
las voces del amado y lentamente
sus ojos se cerraban con los míos.
En aquella penumbra me dormía
con la fe de besar a la mañana
la salud recobrada de mi abuela.
De cómo mi abuelo sanaba a su esposa
leyéndole algunos capítulos del Evangelio.
Cómo negar tu hoy
si estás en cada paso mío naciéndote
hacia esta realidad donde remansas
la angustia de vivir y de saberte
vértice de la sangre que sembraste.
Cómo negar tu sombra
si ya desde la tierra en que guardaste tu silencio
total, te perpetúas
vegetal concreción viva fronda
abierta al vuelo de las aves.
Cómo negar tus actos
si cada mañana te amanezco
íntegro en estas calles
que para ti levantan sus banderas.
Un nombre suele ser definitivo
porque en tu nombre estás
y nada queda sólo cuando ya no se pronuncia.
De cómo mi abuelo sigue vivo.
Esta edición limitada, firmada y numerada a mano ha sido realizada por CIINOE/COMOARTES S. L. (ciinoe@hotmail.com) en su Colección “Gaviotas de azogue” / 24, Noviembre de 2007, Madrid, España. Se autoriza la difusión sin fines comerciales por cualquier medio
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Por lobogabriel - 25 de Noviembre, 2007, 8:03, Categoría: poesia
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Yunús Emre- Turquía 1238/1320.
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NUESTRO ÚNICO ENEMIGO
Nuestro único enemigo
es el resentimiento.
No guardemos rencor a nadie;
para nosotros la humanidad es indivisible.
VENID SEAMOS AMIGOS
Venid, seamos amigos siquiera una vez.
Hagamos la vida más fácil.
Amemos y seamos amados.
Cuando surge el amor
desaparecen deseos y defectos.
Esta edición ha sido realizada por CIINOE/COMOARTES S. L. (ciinoe@hotmail.com)
en su Colección “Gaviotas de azogue” / 23, Noviembre de 2007, Madrid, España.
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Por lobogabriel - 25 de Noviembre, 2007, 8:00, Categoría: poesia
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Mayda Bustamante- Cuba, España
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LA SILLA
A la memoria de Zulema, allí donde estés.
A Zulema nunca le gustó perder. Ahora da vueltas sin parar alrededor de la silla de respaldar alto, hecha de madera y cuero policromado, que le acompaña desde su niñez.
Primero la silla fue de la bisabuela canaria. De inicio eran seis y en ellas se sentaban hijas, nietas, abuela, pensamientos, confesiones y susurros, a la hora de comer. Aquella visita, que se repetía cada año durante semana santa, era consecuencia de un viaje que duraba más de siete horas. Presas en el vagón de un tren empujado por caballos de madera y cuerdas miserables a las que había que sustituir por otras en cada trayecto. Era en ese momento de reunión, agazapada en las sillas, como linces dispuestos a devorar esos dulces y chocolateados recuerdos, cuando Blanca, así se llamaba la bisabuela, les volvía a contar el cuento que tanto divertía a Zulema. El de la nana, esa esclava negra que la cuidaba, y que huyó al monte, cuando la exasperó mientras planchaba la ropa de hilo de la familia. Nana, harta de tantas preguntas, llantinas y forcejeos, plantó, como si de un acto de liberación se tratase, un borde de la plancha en su culete. Blanca lloró del susto. Pero lloró y gritó más aún, cuando vio que la nana huía despavorida en dirección al monte, aterrorizada por el castigo que le esperaba.
Todos los hombres de la familia salieron a buscar a Nana la furtiva, y no pararon hasta encontrarla. Y allí entre tinajones camagüeyanos y vitrales coloniales se la devolvieron a la niña, quien la abrazó y besó hasta muy entrada la noche. Blanca siempre terminaba así su cuento, mientras servía a todos ese zumo afrodisíaco hecho de papaya, mamey y plátano, cuyo sabor hacía tocar el cielo.
Ahí está la silla, testigo del tiempo transcurrido entre bisabuela y bisnieta. El tiempo insatisfecho, inacabado, que resbala mudo entre el respaldo y las vueltas, entre astillas y clavos furiosos. Cuando la bisabuela murió, Blanquita, la abuela, a quien siempre llamaron por su nombre pues en aquella época estaba mal visto una mujer divorciada, se llevó dos de aquellas sillas, y cuando murió, tan sólo quedaba una en pie, que fue a parar a casa de la madre de Zulema, hasta que ésta, que ha vivido apegada a muy pocas cosas: unas joyas; regalos del suegro que era joyero, una cotorra que sólo se entendía con ella, un libro: “El país de las sombras largas”, decidió despojarse de sus objetos más cercanos y a Zulema, le tocó la silla.
Deja de dar vueltas a su alrededor y se tumba sobre ella. Los recuerdos no cesan, se agitan y van y vienen a la velocidad de un vuelo de halcón. Ha hecho medio siglo de ese trozo fugaz que es la vida. Y está frente a su primera derrota. Se le escapa el amor. ¿Qué no sabe hacer ahora? Ella, que está acostumbrada a dar combates y ganarlos. Las victorias vienen a su memoria. Su gran papel en la vida ha sido el de estratega del éxito; cada revés convertido en triunfo. No ha sido fácil su andar pero nada la ha detenido; sin embargo, ahora no controla. Sabe que debería partir, pero sigue sobre la silla inventándose razones para quedarse.
El tedio, la incomunicación, la falta de ilusión, la palabra como fuente de malos entendidos, los reproches, la infelicidad bailan sobre su cabeza al compás de una agónica y estridente música. El ruido ensordecedor distancia cada vez más la melodía interior de cada uno. Está aferrada a aquella imagen que la enamoró, cuando él sin conciencia de que eso se llama fraude, dibujó cada detalle de lo que podía hacerla feliz para después mostrarse tal cual es. No quiere aceptar este fracaso. Era tan simple lo que necesitaba. Es tan simple. Y lo ha intentado hasta no intentándolo, por si era esa la solución.
Se levanta. Sabe que tiene que tomar una decisión. Vuelve a dar vueltas alrededor de la silla. La inmoviliza su respiración cercana a ella. Una nueva recriminación cae en el vacío. Se aleja. Y de repente, a ella le viene a la mente la primera batalla que ganó.
Tenía apenas cuatro años, cuando su madre la llevaba junto a su hermana un jueves de cada semana, a un programa de televisión que conducía el viejito Chichi. Allí su hermana, una niña de hermosos rizos y enormes ojos y pestañas de color negro como el azabache, había sido contratada para mostrar en el país del son y la rumba, sus especiales habilidades en la danza española, mientras que Zulema, entonces una niña delgaducha, de pelo liso y ojos rasgados, eso sí, muy vivaces, jugaba a la “SILLA”.
Siempre ganó y cada vez recibió con orgullo los múltiples regalos que el Viejito Chichí daba, sobre todo aquellas latas de galletas de sal. Fue tanto el ganar, que un día Chichí le pidió a su madre que no la llevara más, aunque a cambio, esa tarde la llenó de juguetes.
Y si volver a este juego, fuera la solución, y si volver a la niñez le diera fuerzas, se pregunta Zulema. Y lo organiza todo. Una silla en el medio del salón, la suya, la única para ella. Deja suficiente espacio para dar vueltas a su alrededor. También a punto un sonido para que se escuche sesenta segundos después de iniciado el juego. Ella le llama, él viene. Ha sido invitado a un juego que definirá el curso de sus vidas pero no lo sabe.
Muy pronto se ven dando vueltas. Permuta el tiempo una balada triste por un concierto de clavos furiosos, a punto de escupir lenguas de herrumbre. Cada uno buscaba su espacio. La piel tiembla. Juegan a ganar como si en ello les fuera el aire que respiran. Zulema está en su terreno; a este juego siempre gana.
De pronto el sonido inunda el salón, Zulema se detiene; él se abalanza sobre la silla.
–Gané –dice pletórico, mientras salta sobre la silla y canta: Campeón, campeón, ohé, ohé, ohé... y como siempre no ve ni escucha más que sus propias palabras.
–Gané –dice ella casi en un susurro. Avanza lentamente hacia la salida. Se escucha un seco golpe de puerta.
Esta edición ha sido realizada
por CIINOE/COMOARTES S. L. (ciinoe@hotmail.com)
en su Colección “Gaviotas de azogue” / 21, Noviembre de 2007, Madrid, España.
Se autoriza la difusión sin fines comerciales por cualquier medio.
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Por lobogabriel - 25 de Noviembre, 2007, 7:58, Categoría: lecturas
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jose marti- cuba
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MIS VERSOS
Estos son mis versos. Son como son. A nadie los pedí prestados. Mientras no pude encerrar íntegras mis visiones en una forma adecuada a ellas, dejé volar mis visiones: ¡oh, cuánto áureo amigo que ya nunca ha vuelto! Pero la poesía tiene su honradez, y yo he querido siempre ser honrado. Recortar versos, también sé, pero no quiero. Así como cada hombre trae su fisonomía, cada inspiración trae su lenguaje. Amo las sonoridades difíciles, el verso escultórico, vibrante como la porcelana, volador como un ave, ardiente y arrollador como una lengua de lava. El verso ha de ser como una espada reluciente, que deja a los espectadores la memoria de un guerrero que va camino al cielo, y al envainarla en el sol, se rompe en alas.
Tajos son estos de mis propias entrañas, –mis guerreros.– Ninguno me ha salido recalentado, artificioso, recompuesto, de la mente; sino como las lágrimas salen de los ojos y la sangre sale a borbotones de la herida. No zurcí de éste y aquél, sino sajé en mí mismo. Van escritos, no en tinta de Academia, sino en mi propia sangre. Lo que aquí doy a ver lo he visto antes, (yo lo he visto, yo).– Y he visto mucho más, que huyó sin darme tiempo a que copiara sus rasgos.– De la extrañeza, singularidad, prisa, amontonamiento, arrebato de mis visiones, yo mismo tuve la culpa, que las he hecho surgir ante mí como las copio. De la copia, yo soy el responsable. Hallé quebrantadas las vestiduras, y otras no y usé de estos colores. Ya sé que no son usados.– Amo las sonoridades difíciles y la sinceridad, aunque pueda parecer brutal. Todo lo que han de decir, ya lo sé, lo he meditado completo y me lo tengo contestado.–
He querido ser leal, y si pequé, no me arrepiento de haber pecado.
POÉTICA
La verdad quiere cetro. El verso mío Puede, cual paje amable, ir por lujosas Salas, de aroma vario y luces ricas, Temblando enamorado en el cortejo De una ilustre princesa, o gratas nieves Repartiendo a las damas. De espadines Sabe mi verso, y de jubón violeta Y toca rubia, y calza acuchillada. Sabe de vinos tibios y de amores Mi verso montaraz; pero el silencio Del verdadero amor, y la espesura De la selva prolífica prefiere: ¡Cuál gusta del canario, cuál del águila!
en "Manifiestos" de coleccion Gaviotas de azogue Nro 20
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Por lobogabriel - 25 de Noviembre, 2007, 7:55, Categoría: lecturas
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francisco garzon cespedes, cuba
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TRILOGÍA DEL DESEO / Sistema Modular
ELLA CAE SOBRE LA LLUVIA Y ÉL PERMANECE IMPASIBLE
Ella siente la lluvia como un diluvio de alfileres. La lluvia no cae sobre ella. Es ella quien, cuando salta hacia arriba, cae sobre la lluvia. Querría saltar hacia delante, hacia él que permanece impasible. Ella ha decidido fingir que es irreflexiva, superficial, extrovertida como en cada ocasión en que coinciden. Decidido estar desbordada, jubilosa. Él permanece impasible resguardado de la lluvia. Y ella se jura que él no percibirá cuánto lo desea. Y salta en el sitio. Empapada golpea la lluvia como un raíl de punta que busca diluirse.
ÉL CAE SOBRE LA LLUVIA Y ELLA PERMANECE IMPASIBLE
Él siente la lluvia como un diluvio de alfileres. La lluvia no cae sobre él. Es él quien, cuando salta hacia arriba, cae sobre la lluvia. Querría saltar hacia delante, hacia ella que permanece impasible. Él ha decidido fingir que es irreflexivo, superficial, extrovertido como en cada ocasión en que coinciden. Decidido estar desbordado, jubiloso. Ella permanece impasible resguardada de la lluvia. Y él se jura que ella no percibirá cuánto la desea. Y salta en el sitio. Empapado golpea la lluvia como un raíl de punta que busca diluirse.
ELLA LO OBSERVA Y ÉL SACA EL PECHO
Ella lo observa desde una cierta distancia. Él levanta la cabeza, endereza la espalda, saca el pecho. Y finge no percibirla. Ella piensa: “Un cuerpo del deseo que no es hermoso. Que sólo es el cuerpo del deseo. Ni armónico. Ni radiante. Sólo el no apresado, inexplorado, intocado cuerpo del deseo.” Ella se ve acercándose, pidiéndole una cerilla, rozándolo. Y piensa que el contacto físico puede no significar demasiado si es secreto. Robado al cuerpo del deseo. Al fugaz cuerpo del deseo.” Y ella escupe para no ir hasta él y tocarlo. Escupe delante de todos.
ÉL LA OBSERVA Y ELLA SACA EL PECHO
Él la observa desde una cierta distancia. Ella levanta la cabeza, endereza la espalda, saca el pecho. Y finge no percibirlo. Él piensa: “Un cuerpo del deseo que no es hermoso. Que sólo es el cuerpo del deseo. Ni armónico. Ni radiante. Sólo el no apresado, inexplorado, intocado cuerpo del deseo.” Él se ve acercándose, pidiéndole una cerilla, rozándola. Y piensa que el contacto físico puede no significar demasiado si es secreto. Robado al cuerpo del deseo. Al fugaz cuerpo del deseo.” Y él escupe para no ir hasta ella y tocarla. Escupe delante de todos.
ÉL MUERDE COMO ESCORPIÓN Y ELLA NO LO MIRA
“El deseo es un escorpión”, piensa. Cuando el camarero se va, él introduce un dedo en el café caliente y disuelve el azúcar. La cucharilla, inviolada. Ella entra y hace como que él no está. Se han tropezado mucho. Nunca se saludan. La forma en que ella lo ignora y lo vuelve a ignorar es insultante. Y él la desea cada vez más. Y pareciera condenado a fingir que ella no existe. Él se levanta, muerde como escorpión sobre sí, y deshaciendo la mordida le dice: “Deseo tener sexo contigo”. Dice eligiendo esas palabras. Y ella responde: “Sí.” Y él no puede traducir si significa: “Sí, lo sé.” O: “Sí, vamos.” O: “Sí. ¿Y qué?” Él no lo puede traducir porque ella no lo mira.
ELLA MUERDE COMO ESCORPIÓN Y ÉL NO LA MIRA
“El deseo es un escorpión”, piensa. Cuando el camarero se va, ella introduce un dedo en el café caliente y disuelve el azúcar. La cucharilla, inviolada. Él entra y hace como que ella no está. Se han tropezado mucho. Nunca se saludan. La forma en que él la ignora y la vuelve a ignorar es insultante. Y ella lo desea cada vez más. Y pareciera condenada a fingir que él no existe. Ella se levanta, muerde como escorpión sobre sí, y deshaciendo la mordida le dice: “Deseo tener sexo contigo”. Dice eligiendo esas palabras. Y él responde: “Sí.” Y ella no puede traducir si significa: “Sí, lo sé.” O: “Sí, vamos.” O: “Sí. ¿Y qué?” Ella no lo puede traducir porque él no la mira.
edición CIINOE/COMOARTES S. L. (ciinoe@hotmail.com) en su Colección “Gaviotas de azogue” / 25, Noviembre de 2007, Madrid, España.Se autoriza la difusión sin fines comerciales por cualquier medio.
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Por lobogabriel - 25 de Noviembre, 2007, 7:49, Categoría: cuento
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paolo osman teobaldelli
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CANTO D'ADDIO DI UN PADRE IRACHENO AL SUO FIGLIOLETTO
Il figlioletto era raggiante. La mamma gli aveva detto che suo padre, un guerriero iracheno, era arrivato a casa, e aveva deciso di portarlo a fare una passeggiata per il boschetto di palme vicino al fiume. Suo padre aveva avuto un permesso premio, una breve vacanza per vedere la famiglia, perche' il giorno appresso ci sarebbe stata una grande battaglia e la seria possibilita' di morire.
Appena soli, camminavano ora insieme per un piccolo sentiero lungo il fiume tra le palme altissime e bruciate dal sole, il figlioletto chiese a suo padre: - Ma padre cos'e' una vacanza? - e si fermo' a guardare in su verso il volto di lui, che era silenzioso e pensieroso. Il padre cerco' di sorridere.
Gli spiego' che c'erano due tipi di vacanza, il primo e' quello terreno, umano, quello che si alterna tra un lavoro e l'altro e scandiscce il ritmo della vita.
Il secondo tipo e' invece un premio che conclude il lavoro: - E' la vacanza piu' bella, quella presso Allah. -
Camminarono scendendo piu' vicino al fiume, le cui acque cristalline scorrevano creando un leggero rumore di fondo, costante, che si fondeva al canto degli uccelli, o al gracchiare delle rane.
Il figlioletto si fermo' vicino all'acqua e inizio' a giocare con dei piccoli ciuffi di erba e con i sassolini colorati del greto del fiume. Pero' si vedeva che pensava a qualcosa, che rifletteva sulle parole del padre attentamente e che qualcosa in fondo lo turbava. L'espressione del viso era come corrucciata, preoccupata.
Dopo un po', mentre il padre si era acceso una sigaretta e pensieroso scrutava l'orizzonte, chiese:
- Padre, se prendi il premio poi torni? -
Il padre tacque. Aspiro' lentamente una boccata di fumo, poi sorrise.
- Tornero' se Allah vorra' - rispose - ma ... - farfuglio' incerto senza terminare la frase.
Il bambino fisso' il padre che intanto aveva allontanato lo sguardo altrove per nascondere la malinconia.
Insieme continuarono la passeggiata buttandosi lungo il sentiero che camminava tortuoso tra le palme.
- Quanto e' grosso il mostro, padre? Mamma dice che e' tanto grande. - chiese ancora ad un certo punto.
Il padre sorrise. Gli spiego' che il mostro e' grande, ma Allah lo e' di piu'. Che bisogna avere fiducia in Allah perche' lui e' al di sopra di ogni cosa. Il mostro sara' sconfitto e il sole tornera' a splendere sul mondo intero.
- Ma quanto tempo ci vorra'? - chiese ancora il bambino con una mossa di impazienza.
Erano ormai arrivati alla fine del sentiero e iniziava la strada asfaltata, di li' a poco sarebbero giunti a casa. Allora il padre si fermo' mettendosi a sedere su un tronco di palma riverso in terra. Prese il figlioletto e se lo mise sulle ginocchia. Lo fisso' e gli disse: - Non so quanto ci vorra' figlio mio. Forse tanto o forse poco, ma Allah aiutera' il nostro popolo e presto non saremo piu' soli nella lotta perche' il mostro minaccia il mondo intero. - disse deciso, poi continuo' piu' dolce - Ma se Allah vorra' darmi il premio, tu devi essere forte, non devi piangere, perche' un giorno anche tu riceverai il premio e allora ci abbracceremo, come adesso e staremo insieme per sempre. -
A quelle parole il bambino sorrise. Allora il padre lo abbraccio' forte forte, cosi' da nascondergli una piccola lacrima amara che intanto gli scorreva giu' per il viso. Senza farsi notare il padre la asciugo' e poi fisso' di nuovo il figlioletto con il sorriso in volto.
- E mi raccomando, se vado da Allah, stai attento alla mamma, d'accordo? -
Il figlioletto assunse un'espressione seria carica di responsabilita'. - Certo! - esclamo' dunque. Allora si rialzarono e giunsero sino a casa. Una brezza leggera e la malinconia aprivano ormai le porte della sera.
L'indomani una grande battaglia contro il mostro aspettava il padre, la mamma, il bambino, tutti quanti, attendeva la citta' intera, perche' il mostro era ormai alle sue porte. Falluja.
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Por lobogabriel - 25 de Noviembre, 2007, 7:13, Categoría: cuento
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carta de julio cortazar a felisberto hernandez
Carta en mano
Felisberto Hernández fue el escritor uruguayo con quien Cortázar sintió mayor afinidad. A él y a Italo Calvino debe Felisberto el inicio de su prestigio internacional. Aunque nunca llegaron a conocerse, Cortázar escribió en 1980 (Felisberto había muerto en 1963) esta carta que luego sirvió de prólogo al volumen Novelas y cuentos de la Biblioteca Ayacucho (1985). El texto está incluido también en Obra crítica de Cortázar publicado por Alfaguara.
Felisberto, tú sabes (no escribiré "tú sabías"; a los dos nos gustó siempre transgredir los tiempos verbales, justa manera de poner en crisis ese otro tiempo que nos hostiga con calendarios y relojes), tú sabes que los prólogos a las ediciones de obras completas o antológicas visten casi siempre el traje negro y la corbata de las disertaciones magistrales, y eso nos gusta poquísimo a los que preferimos leer cuentos o contar historias o caminar por la ciudad entre dos tragos de vino. Descuento que esta edición de tus obras contara con los aportes críticos necesarios; por mi parte prefiero decirles a quienes entren por estas páginas lo que Antón Webern le decía a un discípulo: "Cuando tenga que dar una conferencia, no diga nada teórico sino más bien que ama la música". Aquí para empezar no habrá ni sospecha de conferencia, pero a vos te divertirá el buen consejo de Webem por la doble razón de la palabra y la música, y sobre todo te gustara que sea un músico el que nos abra la puerta para ir a jugar un rato a nuestra manera rioplatense.
Esto de abrir la puerta no es un mero recuerdo infantil. En estos días en que andaba dándole la vuelta a la máquina de escribir como un perrito necesitado de árbol, encontré cosas tuyas y sobre vos que no conocía en los remotos tiempos en que por primera vez leí tus libros y escribí páginas que tanto te buscaban en el terreno de la admiración y del afecto. Y te imaginarás mi sorpresa (mezclada con algo que se parece al miedo y a la nostalgia frente a lo que nos separa) cuando llegué a un epistolario recogido por Norah Giraldi, en el que aparecen las cartas que le escribiste a tu amigo Lorenzo Destoc mientras hacías una gira musical por la provincia de Buenos Aires. Como si nada, sin el menor respeto hacia un amigo como yo, fechas una carta en la ciudad de Chivilcoy, el 26 de diciembre de 1939. Así, tranquilamente, como hubieras podido fecharía en cualquier otro lado, sin demostrar la menor preocupación por el hecho de que en ese año yo vivía en Chivilcoy, sin inquietarte por la sacudida que me darías treinta y ocho años más tarde en un departamento de la calle Saint-Honoré donde estoy escribiéndote al filo de la medianoche.
No es broma, Felisberto. Yo vivía entonces en Chivilcoy, era un joven profesor en la escuela normal, vegeté allí desde el 39 hasta el 44 y podríamos habernos encontrado y conocido. De haber estado a fines de ese diciembre no hubiera faltado al concierto del Terceto Felisberto Hernández, como no faltaba a ningún concierto en esa aplastada ciudad pampeana por la simple razón de que casi nunca había concierto, casi nunca pasaba nada, casi nunca se podía sentir que la vida era algo más que enseñar instrucción cívica a los adolescentes o escribir interminablemente en un cuarto de la Pensión Varzilio. Pero habían empezado las vacaciones de verano y yo aprovechaba para volver a Buenos Aires donde me esperaban mis amigos, los cafés del centro, amores desdichados y el último número de Sur. Vos tocaste con tu terceto en eso que llamas a secas "el club" y que conocí muy bien, el Club Social de Chivilcoy detrás de cuyo amable nombre se escondían las salas donde el cacique político, sus amigos, los estancieros y los nuevos ricos se trenzaban en el póquer y el billar. Cuando en tu carta le decís a Destoc que la discusión para que te aceptaran y te pagaran el concierto se libró junto a una mesa de billar, no me enseñas nada nuevo porque en ese club todas las cosas se libraban así. Muy de cuando en cuando, a regañadientes pero obligados a cuidar la fachada de las "actividades culturales", los dirigentes accedían a un concierto o a una velada presuntamente artística, que pagaban mal y sin ganas y que escuchaban apoyándose entredormidos en el hombro de sus nobles esposas.
Si te hablara de algunas cosas que vi y escuché en esos tiempos no te sorprenderían demasiado y en todo caso te divertirían, vos que les contabas tantos cuentos a tus amigos como un preludio para aflojar los dedos antes de refugiarte en tu cuarto de hotel y escribir tus cuentos, justamente ésos que hubiera sido imposible contar sin destruir su razón más profunda. En esos mismos salones donde tocaste con tu terceto yo escuché, entre otras abominaciones, a un señor que primero contempló al público con aire cadavérico (probablemente tenía hambre) y luego exigió silencio absoluto y concentración estética pues se disponía a interpretar la... sinfonía inconclusa de Schubert. Yo me estaba frotando todavía los oídos cuando arrancó con un vulgar potpourri en el que se mezclaban el Ave María, la Serenata, y creo que un tema de Rosamunda; entonces me acordé de que en los cines andaban pasando una película sobre la vida del pobre Franz que se llamaba precisamente La sinfonía inconclusa, y que este desgraciado no hacía más que reproducir la música que había escuchado en ella. Inútil decirte que en el selecto público no hubo nadie a quien se le ocurriera pensar que una sinfonía no ha sido escrita para el piano.
En fin, Felisberto, ¿vos te das cuenta, te das realmente cuenta de que estuvimos tan cerca, que a tan pocos días de diferencia yo hubiera estado ahí y te hubiera escuchado? Por lo menos escuchado, a vos y al "mandolión" y al tercer músico, aunque no supiera nada de vos como escritor porque eso habría de suceder mucho después, en el cuarenta y siete, cuando Nadie encendía las lámparas. Y sin embargo creo que nos hubiéramos reconocido en ese club donde todo nos habría proyectado el uno hacia el otro, yo te habría invitado a mi piecita para darte cana y mostrarte libros y quizá, vaya a saber, alguno de esos cuentos que escribía por entonces y que nunca publiqué. En todo caso hubiéramos hablado de música y escuchado los discos que yo pasaba en una vitrola más que rasposa pero de donde salían, cosa inaudita en Chivilcoy, cuartetos de Mozart, pailitas de Bach y también, claro, Gardel y Jelly Roll Morton y Bing Crosby. Sé que nos hubiéramos hecho amigos, y anda a imaginar lo que habría salido de ese encuentro, cómo habría incidido en nuestro futuro después de conocernos en Chivilcoy; pero claro, justamente entonces yo tenía que irme a Buenos Aires y a vos se te ocurría elegir ese hueco para dar tu concierto. Fíjate que las órbitas no solamente se rozaron ahí sino que siguieron muy cerca durante una punta de meses. Por tus cartas sé ahora que en junio del 40 estabas en Pehuajó, en julio llegaste a Bolívar, de donde yo había emigrado el año anterior después de enseñar geografía en el colegio nacional, horresco referens. Andabas dando tumbos musicales por mi zona, Bragado, General Villegas, Las Flores, Tres Arroyos, pero no volviste a Chivilcoy, la batalla junto a la mesa de billar había sido demasiado para vos. Todo eso asoma ahora en tus cartas como de un extraño portulano perdido, y también que en Bolívar paraste en el hotel La Vizcaína, donde yo había vivido dos años antes de mi pase a Chivilcoy, y no puedo dejar de pensar que a lo mejor te dieron la misma pieza flaca y fría en el piso alto, allí donde yo había leído a Rimbaud y a Keats para no morirme demasiado de tristeza provinciana. Y el nuevo propietario, que se llamaba Musella, te acompañó sin duda hasta tu pieza, frotándose las manos con un gesto entre monacal y servil que bien le conocí, y en el comedor te atendió el mozo Cesteros, un gallego maravilloso siempre dispuesto a escuchar los pedidos más complicados y traer después cualquier cosa con una naturalidad desarmante. Ah, Felisberto, qué cerca anduvimos en esos años, qué poco faltó para que un zaguán de hotel, una esquina con palomas o un billar de club social nos vieran damos la mano y emprender esa primera conversación de la que hubiera salido, te imaginas, una amistad para la vida.
Porque fíjate en esto que mucha gente no comprende o no quiere comprender ahora que se habla tanto de la escritura como única fuente válida de la crítica literaria y de la literatura misma. Es cierto que a mí no me hizo falta encontrarte en Chivilcoy para que años más tarde me deslumbraras en Buenos Aires con El acomodador y Menos Julia y tantos otros cuentos; es cierto que si hubieras sido un millonario guatemalteco o un coronel birmano tus relatos me hubieran parecido igualmente admirables. Pero me pregunto si muchos de los que en aquel entonces (y en éste, todavía) te ignoraron o te perdonaron la vida, no eran gentes incapaces de comprender por qué escribías lo que escribías y sobre todo por qué lo escribías así, con el sordo y persistente pedal de la primera persona, de la rememoración obstinada de tantas lúgubres andanzas por pueblos y caminos, de tantos hoteles fríos y descascarados, de salas con públicos ausentes, de billares y clubs sociales y deudas permanentes. Ya sé que para admirarte basta leer tus textos, pero si además se los ha vivido paralelamente, si además se ha conocido la vida de provincia, la miseria del fin de mes, el olor de las pensiones, el nivel de los diálogos, la tristeza de las vueltas a la plaza al atardecer, entonces se te conoce y se te admira de otra manera, se te vive y convive y de golpe es tan natural que hayas estado en mi hotel, que el gallego Cesteros te haya traído las papas fritas, que los socios del club te hayan discutido unas pocas monedas entre dos golpes de billar. Ya casi no me asombra lo que tanto me asombró al leer tus cartas de ese tiempo, ya me parece elemental que anduviéramos tan cerca. No solamente en ese momento y esos lugares; cerca por dentro y por paralelismos de vida, de los cuales el momentáneo acercamiento físico no fue más que una sigilosa avanzada, una manera de que a tantos años de una mesa de billar, a tantos años de tu muerte, yo recibiera fuera del tiempo el signo final de la hermandad en esta helada medianoche de París.
Porque además también viviste aquí, en el barrio latino, y como a mí te maravilló el metro y que las parejas jóvenes se besaran en la calle y que el pan fuera tan rico. Tus cartas me devuelven a mis primeros años de París, tan poco tiempo después que vos; también yo escribí cartas afligidas por la falta de dinero, también yo esperé la llegada de esos cajoncitos en los que la familia nos mandaba yerba y café y latas de carne y de leche condensada, también yo despaché mis cartas por barco porque el correo aéreo costaba demasiado. Otra vez las órbitas tangenciales, el roce sigiloso sin que nos diéramos cuenta; pero qué querés, a mí me tocaría encontrarte en tus libros y a vos no encontrarme en nada; en ese territorio en que habitamos eso no tuvo ni tiene importancia, como no la tiene el que ahora yo no lleve esta carta al correo. De cosas así vos sabías mucho, bien que lo mostrás en Las manos equivocadas y en tantos otros momentos de tus relatos que al fin y al cabo son cartas a un pasado o a un futuro en los que poco a poco van apareciendo los destinatarios que tanto te faltaron en la vida.
Y hablando de faltas, si por un lado me duele que no nos hayamos conocido, más me duele que no encontraras nunca a Macedonio y a José Lezama Lima, porque los dos hubieran respondido a ese signo paralelo que nos une por encima de cualquier cosa, Macedonio capaz de aprehender tu búsqueda de un yo que nunca aceptaste asimilar a tu pensamiento o a tu cuerpo, que buscaste desesperadamente y que el Diario de un sinvergüenza acorrala y hostiga, y Lezama Lima entrando en la materia de la realidad con esas jabalinas de poesía que decosifican las cosas para hacerlas acceder a un terreno donde lo mental y lo sensual cesan de ser siniestros mediadores. Siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos a la hora de Menos Irene y de La casa inundada.
Bueno, se me acaba el papel y ya sabemos que el franqueo es caro, por lo menos el que paga el lector con su atención. Acaso hubiera sido preferible callar cosas que siempre supiste mejor que los demás, pero confesa que la historia de la sinfonía inconclusa te hizo reír, y que seguro te gustó saber que habíamos estado tan cerca allá en las pampas criollas. Esta carta te la debía aunque no sea ni de lejos las que te escriben otros más capaces. A mí me pasó lo que vos mismo dijiste tan bien: "Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado". Ahora llega el otro sueño, el de las dos de la mañana. Dejame que me despida con palabras que no son mías pero que me hubiera gustado tanto escribirte. Te las escribió Paulina también de madrugada, como un resumen de lo que había encontrado en vos: Las más sutiles relaciones de las cosas, la dama sin ojos de los más antiguos elementos; el fuego y el humo inaprensibles; la alta cúpula de la nube y el mensaje del azar en una simple hierba; todo lo maravilloso y oscuro del mundo estaba en ti.
Te querrá siempre Julio Cortázar
El País Cultural Nº 258 Edición 5º aniversario 14 de octubre de 1994 Fuente: Catalina Domingo en Tertucuento
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Por lobogabriel - 25 de Noviembre, 2007, 7:04, Categoría: lecturas
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reynaldo garcia, el salvador
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ESTA CALLE II
Esta calle,
Lee sus anuncios de castillos viejos
Lee tambien las manos que se amaron en sus veranos altos
Lee el rostro de los que la han visto vestirse de viajera ,
Y las cicatrices de domingos de parabolas viejas.
Esta calle inicia sus metaforas
En ella han muerto los patriotas,
Los generales del miedo
Los condes de la edad del hierro,
Y el amor sigue paseando su mirada de lluvia
Reventandose en la sangre
Como un apostol de fuego sin apagarse nunca.
Esta calle es tan antigua que aqui
Solo quedan los muros y tus besos.
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Por lobogabriel - 25 de Noviembre, 2007, 6:59, Categoría: poesia
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enrico pietrangeli, italia
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autore della raccolta di poesie “Di amore, di morte”, pubblicata in versione cartacea (Teseo Editore - 2000) e in elettronica (Kult Virtual Press - 2002), collabora con riviste e siti internet pubblicando articoli e racconti brevi. Attraverso la traduzione poetica si è dedicato all’opera di alcuni autori poco conosciuti. Redattore di Controluce e dell’Osservatorio Letterario, gestisce il sito “Poesia, scrittura e immagine” [www.diamoredimorte.too.it]. Ha recentemente ripubblicato il suo romanzo d’esordio “In un tempo andato con biglietto di ritorno” (Proposte Editoriali - 2005) con una seconda edizione in elettronica (Kult Virtual Press - 2007)
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Por lobogabriel - 25 de Noviembre, 2007, 6:56, Categoría: bios
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nuovo libro di Enrico Pietrangeli
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AD ISTANBUL, TRA PUBBLICHE INTIMITA’
“La poetica di Enrico Pietrangeli è costruita su un’idea antica ed epica di eroismo dove l’autenticità è fissata dalla sequenzialità degli eventi scaturiti dalla macrostoria. Il percorso a ritroso è scandito da fatti bellici, dalle grandi guerre all’11 settembre, ma è anche un tributo a maestri di poesia del passato, da Baudelaire a Rumi fino ad Ungaretti al quale è dedicata, oltre che una poesia, la chiusa della silloge: “M’illumino di provvisorio”.
Edizioni Il Foglio-
ISBN: 978 - 88 - 7606 - 164 – 6-
Pagg. 86 - Euro 10,00- Collana Autori Contemporanei Poesia- direttore Fabrizio Manini
…riattraversa l’origine cabalistica quattro-cinquecentesca, indugia doverosamente su alcune tra le molte caratteristiche che la legano alla cultura alessandrina, da qui estendendo la propria indagine fino al punto critico - per l’Impero e per ogni singolo individuo - di Bisanzio-Costantinopoli.
Gino Scartaghiande
Santa Sofia diviene potenziale crocevia per una lettura della storia che, partendo da “amorfi ruderi bizantini”, intreccia alle origini la cultura islamica a quella cristiana e ne esalta le singole peculiarità.
Simonetta Ruggeri
Nel refrain de Il pazzo, coi suoi Re Mix di versi danzanti, si sviluppa una combinazione seriale che evoca quella dei dervisci rotanti.
Emiliano Laurenzi
La Istanbul di Pietrangeli è quindi tanto la città di Santa Sofia, di Karokoy e di quegli Ottomani che fecero di Rumi il protettore del loro impero multietnico, quanto il ponte contemporaneo fra l’Oriente e l’Occidente dello spirito.
Shaykh Abdul Hadi Palazzi
“La poetica di Enrico Pietrangeli è costruita su un’idea antica ed epica di eroismo dove l’autenticità è fissata dalla sequenzialità degli eventi scaturiti dalla macrostoria. Il percorso a ritroso è scandito da fatti bellici, dalle grandi guerre all’11 settembre, ma è anche un tributo a maestri di poesia del passato, da Baudelaire a Rumi fino ad Ungaretti al quale è dedicata, oltre che una poesia, la chiusa della silloge: “M’illumino di provvisorio”.
Edizioni Il Foglio-
ISBN: 978 - 88 - 7606 - 164 – 6-
Pagg. 86 - Euro 10,00- Collana Autori Contemporanei Poesia- direttore Fabrizio Manini
…riattraversa l’origine cabalistica quattro-cinquecentesca, indugia doverosamente su alcune tra le molte caratteristiche che la legano alla cultura alessandrina, da qui estendendo la propria indagine fino al punto critico - per l’Impero e per ogni singolo individuo - di Bisanzio-Costantinopoli.
Gino Scartaghiande
Santa Sofia diviene potenziale crocevia per una lettura della storia che, partendo da “amorfi ruderi bizantini”, intreccia alle origini la cultura islamica a quella cristiana e ne esalta le singole peculiarità.
Simonetta Ruggeri
Nel refrain de Il pazzo, coi suoi Re Mix di versi danzanti, si sviluppa una combinazione seriale che evoca quella dei dervisci rotanti.
Emiliano Laurenzi
La Istanbul di Pietrangeli è quindi tanto la città di Santa Sofia, di Karokoy e di quegli Ottomani che fecero di Rumi il protettore del loro impero multietnico, quanto il ponte contemporaneo fra l’Oriente e l’Occidente dello spirito.
Shaykh Abdul Hadi Palazzi
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Por lobogabriel - 25 de Noviembre, 2007, 6:52, Categoría: libros recibidos
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